5/07/2026 | Por Alfonso Monsalve Solórzano
Iván Cepeda en su papel de opositor al gobierno que inicia, declaró que su movimiento, el Pacto Histórico, se declarará en desobediencia civil si el presidente electo Abelardo de la Espriella no renuncia a su ciudadanía estadounidense, por considerar que su lealtad con ese país, en virtud del juramento que se hace para acceder a ella, prima y, por consiguiente, es incompatible sobre el deber de defender la soberanía y los intereses de Colombia cuando estos entren en conflicto con los de USA. Adiciona, así mismo, en su declaración, que ADLE debe aclara sus vínculos con la CIA y la DEA y comprometerse a no extraditar a Petro. En entrevista a la BBC (https://www.bbc.com/mundo/articles/cjrgqn5gnpno) agrega que “Si el señor De la Espriella no renuncia a su condición de ciudadano estadounidense, si no cesa su intento por perseguir a la oposición política utilizando a la justicia estadounidense y la injerencia, no solo militar y judicial en nuestros asuntos, nosotros vamos a responder con la desobediencia civil. No es una acción violenta. Ustedes conocen cómo se hace esa resistencia civil. No reconoceremos al señor De la Espriella”.
Es importante, entonces, esclarecer el concepto de desobediencia civil para mirar los alcances políticos y jurídicos de tal postura. El primero en usarla fue Hanry David Thoreau, quien se opuso a la esclavitud y a la expansión de Estados Unidos a costa de territorio mexicano. Sostuvo en su ensayo de 1849 Resistence to Civil Government, conocido después como Desobediencia Civil, que la conciencia individual está por encima de leyes injustas y que no resistirse a ellas, es perpetuar la injusticia. Por consiguiente, hay que oponerse a esas leyes activamente mediante la objeción de conciencia y la acción directa no violenta.
John Rawls, en Theory of Justice, 1971 (aquí sigo la versión en español del FCE de 1979) afirma que la desobediencia civil solo es aplicable a las sociedades democráticas ante autoridades legítimamente constituidas y no es una acción de resistencia militar destinada a derrocar un régimen injusto y/o corrupto. En la p. 405 la define como “un acto público, no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno. Actuando de esa manera apelamos al sentido de la justicia de la mayoría y declaramos que, según nuestra opinión, los principios de cooperación social entre personas libres e iguales no están siendo interpretados”.
La desobediencia civil implica, entonces, que no se obedecerá una o unas leyes por considerarlas injustas, pero implica también que no se considera el sistema como totalidad, es decir, el orden constitucional, como injusto; como quien dice, hay lealtad constitucional: Significa, además, como consecuencia de lo anterior, que los desobedientes están listos para asumir las consecuencias judiciales que se siguen de la violación de la ley.
Conviene aquí diferenciar este concepto con el de resistencia civil, invocado también y simultáneamente por Cepeda:
“La resistencia civil abarca acciones no violentas que demuestran oposición a una política, ley o gobierno. Las tácticas no violentas incluyen marchas, manifestaciones y boicots. Ejemplos históricos incluyen las marchas por los derechos civiles lideradas por el Dr. Martin Luther King Jr. y las huelgas contra regímenes opresores durante la Primavera Árabe. La resistencia civil se presenta como una acción legal, apelando a códigos morales o legales superiores. La desobediencia civil es un acto intencional de infracción de la ley. Se niega a cooperar con leyes, políticas o demandas gubernamentales injustas. A diferencia de la resistencia civil, la desobediencia civil no busca justificar su acción a través de la autoridad como ciudadano. En resumen, mientras la resistencia civil busca oponerse de manera no violenta, la desobediencia civil implica una infracción intencional de la ley como forma de protesta” (https://radio.unal.edu.co/detalle/resistencia-y-desobediencia-civil).
Activistas como Gandhi y Martin Luther King, acudieron exitosamente a la resistencia civil pacífica, incluyendo su modalidad de desobediencia civil, renunciando completamente al ejercicio de la violencia, para independizar a la India del Reino Unido de la Gran Bretaña y para acceder a los derechos civiles de los negros en USA, respectivamente.
Aquí en Colombia se ha utilizado el concepto de desobediencia civil, con consecuencias desastrosas. El historiador Juan Esteban Constain afirma en una entrevista en Caracol Radio, que “uno de los casos del uso de la desobediencia civil como instrumento político contó en Colombia con el protagonismo del caudillo conservador Laureano Gómez, en 1932, tras su regreso al país, luego de ser embajador en el primer gobierno liberal de la era moderna, el de Enrique Olaya Herrera. “Empieza, dice él, a replicar la estrategia de Gandhi en la India y termina proclamando la abstención del conservatismo y la desobediencia civil ya frente al gobierno de Alfonso López Pumarejo, que fue de grandes reformas sociales y económicas”” (https://caracol.com.co/2026/07/01/como-se-ha-dado-la-desobediencia-civil-en-la-historia-colombiana-recuento-de-juan-esteban-constain/).
Lo que siguió, fue devastador para el país. En su columna en El Tiempo, el historiador afirma: “Entre 1935 y 1958, justo durante los años brutales de la violencia bipartidista en Colombia, tanto el conservatismo como el liberalismo, en distintos momentos y por distintas razones, decidieron que no aceptaban el orden civil vigente y se lanzaron a desconocer a su adversario y a negar la legitimidad de todos sus actos. Pero una cosa era en los clubes, las tertulias, los periódicos y la radio, claro, y otra muy distinta era en las regiones, donde todo ocurría a machete. Sentar el precedente de que son los caudillos, o su remedo, los que deciden si reconocen o no el resultado de las elecciones es un acto de deslealtad con la democracia. En ese tiempo, y durante los momentos más críticos, cada bando se sintió investido de una razón moral superior para poner en entredicho las instituciones democráticas cuando el contrario tenía el poder en sus manos, y esa fue una de las causas principales de la violencia, de esa guerra civil no declarada: si el otro no existía o era la encarnación absoluta del mal, sus actos estaban viciados y había que rechazarlos o desconocerlos”(https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/desobediencia-incivil-3568383). Y así actúa Cepeda. Veamos:
Luego del fin de la Violencia de 1958, se abrió paso, en la llamada Guerra Fría, la violencia impuesta por los grupos guerrilleros marxistas prosoviéticos, prochinos o procubanos (sucursal del bando soviético) en Colombia para enfrentar al imperialismo norteamericano. Esto dio origen a la Segunda Violencia, mediante la aplicación de todos los métodos de lucha, legales e ilegales, pacíficos y violentos. De hecho, Cepeda desciende de uno de los cuadros más connotados de las FARC y Petro fue un cuadro de base del M-19. Petro y Cepeda, entonces, vienen de esa tradición. De hecho, Cepeda desciende de uno de los cuadros más connotados de las FARC.
Pero la Guerra Fría la ganó USA y el proyecto socialista se derrumbó —China se convirtió en un capitalismo de estado monopartidista, la Unión Soviética desapareció y Cuba se transformó en un geronto— régimen cleptómano y atrozmente dictatorial que agoniza. Y su heredero tardío, el chavismo venezolano es cada vez más el sirviente de USA en su país, como precio de mantenerse en lo que les queda de poder y no terminar en una cárcel norteamericana.
Los grupos revolucionarios colombianos, ya sin sustento ideológico, y su contraparte, las autodefensas, devinieron en carteles del narcotráfico y traficantes de oro ilegal, disfrazados de revolucionarios o contrarrevolucionarios, que hablan de causas sociales mientras afianzan y expanden sus controles territoriales, disputan o se alían entre ellos, como ejércitos de ocupación para maximizar su negocio, comenzando lo que para mí es la Tercera Violencia. Lo único que conservan es su modelo dictatorial, porque les es funcional.
En ese contexto, la democracia colombiana ha resistido y construido un régimen democrático que ha logrado sobrevivir las dos últimas violencias. Llevamos 68 años de resistencia muy difíciles, pero los últimos 4 han sido una pesadilla porque la izquierda petrista aliada con las organizaciones narco-minero-terroristas llegaron al poder e intentan destruir nuestro estado de derecho. Afortunadamente logramos derrotarlos y llegó el momento de la contención.
En ese contexto, Cepeda lanza su amenaza de desobediencia civil pacífica y notifica al país que no aceptará a ADLE por tener una segunda nacionalidad norteamericana, cuando el Consejo de Estado ya dirimió el asunto y dijo que esta no era incompatible con el ejercicio de la presidencia. Y ya sabemos en qué consiste para él y su grupo de fanáticos la “desobediencia civil” pacífica: no reconocen a ADLE como presidente y para demostrar su no reconocimiento intentarán sembrar ciudades y campos con la movilización “pacífica” de la primera línea, que ejerce violencia indiscriminada y está infiltrada los GAOs, como ya quedó probado judicialmente. Violencia, que crea terror y mata policías, destruye mobiliario público, impide que millones de colombianos lleguen a sus trabajos, estudios u otras actividades, que aprovechan el caos para ejercer control territorial de manera que sus vendedores de drogas actúen libremente; que bloquea puertos y carreteras buscando crear desabastecimiento. Y que en el campo viola todas las libertades civiles de los ciudadanos atrapados bajo su dominio, ejecutan masacres, vuelan puentes y oleoductos, secuestran, etc.
Todo con el fin de doblegar al nuevo gobierno y hacer invivible el país e imponer su cosmovisión dictatorial. Cepeda no tiene lealtad constitucional, quiere destruir nuestro sistema democrático. Eso de desobediencia civil, no tiene una letra. ADLE ha dicho que respetará, como debe ser, la protesta pacífica, pero no el ejercicio de la violencia disfrazado de derechos civiles. Hay que rodear al presidente y a nuestro estado de derecho, con obediencia civil.
